domingo, 12 de abril de 2015

¡SUBE LOS PIES, SUBE LOS PIES!

A Warren, Mel y Mari
El vértigo había desaparecido. Sentí una embriaguez especial, una sensación no malsana de poder, y de dicha. Subía hasta alturas increíbles y luego me dejaba caer, planeando suavemente, con las alas extendidas y aunque cerrara los ojos no corría riesgo de estrellarme, y me dejaba guiar en mi vuelo por impulsos arbitrarios y extraños, y sentía, que de algún modo, estaba trazando en el cielo un dibujo coherente y estético. Mario Levrero
Hacía tres años que quería lanzarme en paracaídas y pensaba que el día de mi natalicio podía ser la ocasión perfecta. Por más de dos años busqué un cómplice para que se tirara conmigo y fuera parte de esta aventura, y no fue hasta ahora que lo encontré. "Te acompaño", me decían algunas amigas, "estás loca", replicaban otras, y así sucesivamente. Pero llegó el día…


Quería volar, era lo único que tenía claro. Lanzarme al vacío y averiguar cómo era. En ningún momento me puse nerviosa ni dudé. Estaba súper emocionada, decidida y loca por tirarme. Firmé el relevo sin leer porque quien lo haga, se arrepiente. Quería tirarme pasara lo que pasara y tenía la extraña certeza de que sobreviviría para contarlo.




Para mi fortuna, la experta con la que me iba a lanzar, solo hablaba inglés (que no es mi fuerte), así que a todo lo que me decía le contestaba: "ok, nice". La emoción era tanta que aunque me hablara en mi lengua materna no escucharía. Ahora entiendo que sentía una desesperación absurda por lanzarme. Al lado mío, a mi cómplice aventurero, le daban mil instrucciones y explicaciones (en español) que para mí eran inentendibles.






La preparación, que consistía en ponerte correas y embelecos, solo abonaba a esa excitación que crecía minuto a minuto. "Que hay unas nubes y hay que esperar a que se disipen y eso puede tardar...", dijo uno de los instructores. "¿Qué, qué?", dije yo: "no, no, no". Pero al cabo de unos minutos ya caminábamos rumbo a la avioneta. Era una cosa pequeña e incómoda que cuando subía parecía que hacía un último esfuerzo por atravesar las nubes. Tampoco eso me asustó. La vista era un espectáculo, la diosa naturaleza, cómplice mía, me regaló sus mejores dotes.







Al cabo de un rato se abrió la puerta ante la inmensidad del cielo, mi cielo. ¡Wao! Un pie en el escalón de la avioneta y en menos nada al vacío, literalmente. Es un susto pequeño que desaparece en microsegundos y empieza el vuelo. ¡Es majestuoso! La maroma en el aire y luego sigues bajando. De pronto empiezo a sentir ese frío chocando contra mi cara. Me tomó unos instantes comprender que era hielo y agua porque estaba atravesando las nubes. Dentro de la nube no veía nada, solo sentía. ¡Espectacular!







Una vez fuera de las nubes pude quitarme las gafas protectoras y abrir los brazos como un pájaro. La experta, que era muy entusiasta, gritaba y entonces también yo gritaba. Empezó a dar vueltas, hacer piruetas en esa inmensidad sin suelo, en esos segundos casi eternos de vida y de placer. Luego me dio las riendas y con su ayuda planeaba el paracaídas. Si pensaba en algo, no lo recuerdo. Solo sentí el misterio de la vida y fue mágico.







Lo que no me gustó fue el aterrizaje porque quería volar un rato más. Cerca de la tierra estaban mis amigas esperándome y mi cómplice ya había llegado. Estaba tan extasiada que no oía las instrucciones del aterrizaje. Me columpiaba con las piernas cuando se supone que las subiera.                                  

Ya muy cerca oía gritos: "sube los pies, sube los pies". Y yo como si conmigo no fuera la cosa hasta que vi la cara de mi cómplice aventurero y escuché. Justo a tiempo. Subí los pies y aterricé sentada. "Good job and happy birthday", dijo mi instructora con un beso y un abrazo que me trajeron a tierra.







¿Y dónde estaba mi hija cuando viví todo esto? Pues de fin de semana y ni le cuenten. Cuando hablé, delante de ella,  de que iba a lanzarme de paracaídas, me dijo: "Yo quiero ir y me quiero tirar también". "Eres muy pequeña, mi amor, no puedes tirarte", le respondí. "Entonces espera a que yo pueda", replicó. Así que no le digan de mi aventura porque se enojaría conmigo y yo empezaría a reírme, lo que provocaría que ella se enojara más. También podría pasar que llorara con mucho sentimiento y eso me rompería el corazón. Así que guárdenme el secreto hasta que yo decida.







"Gracias a la vida que me ha dado tanto", he escogido los mejores amigos, estoy feliz, vivo el día a día, me siento bendecida.







P.D. Y en julio me tiro otra vez (nos tiramos). ¡Sube los pies!