domingo, 7 de mayo de 2017

¿Y TU ABUELA?



A la abuela Blanca y abuela Consuelo
                                                                        ¿Y tu agüela, aonde ejtá? Fortunato Vizcarrondo

            Mi pregunta no es alusiva a los versos del poeta puertorriqueño Fortunato Vizcarrondo, cuya poesía alude a la negación de la raza negra. Pregunto por las abuelas, porque ocupan un papel muy importante en nuestras vidas. Aún gozo de la presencia de mi abuela materna, que cumple 89 años y aún está lúcida  y robusta. No obstante, hoy quiero hablar de las abuelas de nuestros hijos.

            Mi madre murió cuando tenía cinco meses y medio de embarazo. Su pérdida conllevó un doble dolor: yo perdí a mi madre y mi hija por nacer, perdió a su abuela. Tuve la oportunidad de ver a mi mamá en la fase de abuela. Me parece que era espectacular. Cierta envidia sentía yo, porque con dos nietas a las que cuidaba y mimaba, pasé a ocupar un lugar secundario. Pero pensaba que mi hija disfrutaría los placeres de sus brazos, su comida y ñoñerías.


            La sensación de abandono, al perder a mi madre y tener a mi hija, fue atroz. Enajenada en la metrópoli, lejos de la familia que me quedaba, me tocó ser madre. Comprendí que comenzaba una etapa difícil y que mi madre no estaba al alcance del teléfono para aclarar mis dudas. Fue duro, sigue siéndolo. Sobreviví gracias a mis amigas.

            Pero, afortunadamente, mi hija tenía otra abuela. La madre de su papá. Cuando la abuela Blanca se incorporó a nuestras vidas, todo cambió. Mejoró. Ver cómo crece y se fortalece la relación de mi hija y su abuela, es un privilegio. Se aman mucho. Sofía Valentina disfruta pasar tiempo con ella. La vuelve loca. La pone a jugar. Bromea con ella. Contemplar esa bonita relación abona a mi felicidad, como también alimenta la dicha de mi hija.

            Sofía me ha preguntado por mi mamá. La conoce por fotos y por las cosas que le he contado de ella. A  veces cuando me ve triste me pregunta si es que extraño a mi mamá. En ocasiones le he dicho que sí, y su consuelo me ha enternecido.


            Las abuelas son mujeres tiernas y sabias. Son las personas en las que más confiamos cuando cuidan de nuestros hijos. Hay que defenderlas porque valen mucho. Tienen tanto que aportar a la vida de sus nietos. Mi hija también conoce a su bisabuela (mi abuela materna) y es una aventura cuando la visitamos. Abuela vive en el campo y allá llega Valentina a alborotar el gallinero. Literalmente. Una vez una gallina le dio una carrera digna de las olimpiadas. Llega mi hija y el gato se esconde y el perro también. Pero los pajaritos enjaulados no se salvan.

            Después de escandalizar los alrededores sigue la casa. Se mete al cuarto de mi abuela para ver si hay algo nuevo, lo registra todo. Va a la sala a coger las figuras del mueble. Se mete a la cocina y pide galletas. Hace muchas preguntas. La última vez no estaba el perro y ella interrogó sobre su paradero, sobre si abuela le había hecho algo porque el perrito se murió.

            En fin, cuando la visitamos, para Sofía es una fase de exploración. Pero cuando es a su abuela Blanca a la que visita, es una forma de invasión. Así mismo, porque lo conoce todo, la ve con frecuencia y osa poner la casa patas arriba. 


A veces cuando me entero de lo que hicieron juntas me pregunto cuál de las dos es más niña. Por ejemplo, el otro día, la abuela Blanca me preguntó que si tenía pinta uñas porque ella y Sofía habían gastado todos los que tenía, pintando una yagua que encontró y que guardó para entretener a sus nietas. ¡Hay que reír! Lo pasan bien haciendo travesuras la niña-vieja y la niña-niña.

            ¿Y tu abuela? ¿En dónde está? ¿Cuánto hace que no la visitas? Las abuelas son un mar de risa que no podemos perdernos. No son cuidadoras obligadas. Son una virtud. Un privilegio.

P. D. Aunque estoy grande, Abuela aún me consiente con jengibre, café y pasteles.

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