martes, 23 de mayo de 2017

PREGUNTA MÁS Y ENSEÑA MENOS



A Carlos y Andrea

Fui criada bajo la cultura de las muñecas y los juegos en el patio, a la hora del recreo. Me enseñaron a hacer una sola cosa a la vez. Sin embargo, la niñez del siglo XXI es muy distinta. No es raro encontrar niños haciendo varias tareas simultáneas. Muchos tienen la habilidad de hacer su trabajo escolar con un celular en la mano, un libro en la otra, mientras textean con un amigo, mantienen abierto un videojuego y hasta escuchan música. ¡Genial! ¿No les parece?

Tenemos que atemperarnos a los cambios, si no queremos retroceder. Si el paisaje cambia, nosotros también. Con la llegada de las nuevas tecnologías, las familias monoparentales como las tradicionales, nos enfrentamos a nuevos desafíos en el proceso de la crianza, por lo que estamos obligados a redefinir aquellas categorías que parecían estáticas.

Hace pocas décadas, la infancia se concebía como una etapa relativamente predecible. Los niños iniciaban su escolaridad a los cinco años, se vinculaban exclusivamente con su grupo familiar, se relacionaban con un pequeño círculo de amistades y jugaban con juguetes que eran materiales, no virtuales.



Hoy día, la mayoría acude a una “escuela maternal” a los dos o tres años, a consecuencia, empiezan a crear vínculos más allá del grupo familiar y los juguetes electrónicos los acompañan, casi desde que nacen. Por eso no debe extrañarnos que sientan tanta pasión por las pantallas  como la televisión, las computadoras, los celulares, las tabletas y las consolas de videojuegos, entre otros dispositivos. Es innegable que la revolución informática ha impuesto cambios drásticos, tanto en la vida cotidiana, como en los vínculos interpersonales y en la educación que reciben nuestros hijos.

Pero, ojo, nada de esto es negativo. Es un reto criar hoy día,  no obstante, es un desafío que vale la pena encarar. No podemos dejarlos solos, ni pretender una crianza alejada del contexto social y cultural actual. Cuando nuestros padres nos criaban nos enseñaban todo, en este siglo, los padres ya no somos los dioses del saber. Ante esta la realidad, el sicoanalista Julio Moreno, autor del libro Ser humano. La inconsistencia, los vínculos y la crianza, nos recomienda preguntar más y enseñar menos.

Esto me recuerda a una etapa en la vida de mi hija, hace como un año o dos, en el que me inventé el supuesto juego: “Lola pregunta”. Yo encaraba a Lola, quien le preguntaba a Sofía Valentina cosas que quería saber de su diario vivir, sus emociones, sentimientos, miedos, etc. Al no ser Mamá quien interrogaba, y tratarse de un juego, me funcionó muy bien. De forma entretenida tuve acceso a la información que deseaba para estar alerta y entender mejor a mi hija. 



De acuerdo al doctor Moreno, la forma de rescatar y transmitir los valores subjetivos de lo humano, por sobre las virtudes técnicas de las máquinas, es charlando, compartiendo, viviendo juntos la experiencia de jugar y mostrando interés por nuestros hijos y por lo que hacen. Me parece una recomendación muy acertada. Por eso, en este mundo moderno en el que mi hija se apodera de la pantalla grande de la televisión y me restringe a la pequeña de mi tableta, de vez en cuando tengo que hacer un alto, para ver juntas una misma película, practicar un juego de mesa, colorear, leer un cuento, ir a caminar, hacernos cosquillas… En fin, para conectarnos.

domingo, 7 de mayo de 2017

¿Y TU ABUELA?



A la abuela Blanca y abuela Consuelo
                                                                        ¿Y tu agüela, aonde ejtá? Fortunato Vizcarrondo

            Mi pregunta no es alusiva a los versos del poeta puertorriqueño Fortunato Vizcarrondo, cuya poesía alude a la negación de la raza negra. Pregunto por las abuelas, porque ocupan un papel muy importante en nuestras vidas. Aún gozo de la presencia de mi abuela materna, que cumple 89 años y aún está lúcida  y robusta. No obstante, hoy quiero hablar de las abuelas de nuestros hijos.

            Mi madre murió cuando tenía cinco meses y medio de embarazo. Su pérdida conllevó un doble dolor: yo perdí a mi madre y mi hija por nacer, perdió a su abuela. Tuve la oportunidad de ver a mi mamá en la fase de abuela. Me parece que era espectacular. Cierta envidia sentía yo, porque con dos nietas a las que cuidaba y mimaba, pasé a ocupar un lugar secundario. Pero pensaba que mi hija disfrutaría los placeres de sus brazos, su comida y ñoñerías.


            La sensación de abandono, al perder a mi madre y tener a mi hija, fue atroz. Enajenada en la metrópoli, lejos de la familia que me quedaba, me tocó ser madre. Comprendí que comenzaba una etapa difícil y que mi madre no estaba al alcance del teléfono para aclarar mis dudas. Fue duro, sigue siéndolo. Sobreviví gracias a mis amigas.

            Pero, afortunadamente, mi hija tenía otra abuela. La madre de su papá. Cuando la abuela Blanca se incorporó a nuestras vidas, todo cambió. Mejoró. Ver cómo crece y se fortalece la relación de mi hija y su abuela, es un privilegio. Se aman mucho. Sofía Valentina disfruta pasar tiempo con ella. La vuelve loca. La pone a jugar. Bromea con ella. Contemplar esa bonita relación abona a mi felicidad, como también alimenta la dicha de mi hija.

            Sofía me ha preguntado por mi mamá. La conoce por fotos y por las cosas que le he contado de ella. A  veces cuando me ve triste me pregunta si es que extraño a mi mamá. En ocasiones le he dicho que sí, y su consuelo me ha enternecido.


            Las abuelas son mujeres tiernas y sabias. Son las personas en las que más confiamos cuando cuidan de nuestros hijos. Hay que defenderlas porque valen mucho. Tienen tanto que aportar a la vida de sus nietos. Mi hija también conoce a su bisabuela (mi abuela materna) y es una aventura cuando la visitamos. Abuela vive en el campo y allá llega Valentina a alborotar el gallinero. Literalmente. Una vez una gallina le dio una carrera digna de las olimpiadas. Llega mi hija y el gato se esconde y el perro también. Pero los pajaritos enjaulados no se salvan.

            Después de escandalizar los alrededores sigue la casa. Se mete al cuarto de mi abuela para ver si hay algo nuevo, lo registra todo. Va a la sala a coger las figuras del mueble. Se mete a la cocina y pide galletas. Hace muchas preguntas. La última vez no estaba el perro y ella interrogó sobre su paradero, sobre si abuela le había hecho algo porque el perrito se murió.

            En fin, cuando la visitamos, para Sofía es una fase de exploración. Pero cuando es a su abuela Blanca a la que visita, es una forma de invasión. Así mismo, porque lo conoce todo, la ve con frecuencia y osa poner la casa patas arriba. 


A veces cuando me entero de lo que hicieron juntas me pregunto cuál de las dos es más niña. Por ejemplo, el otro día, la abuela Blanca me preguntó que si tenía pinta uñas porque ella y Sofía habían gastado todos los que tenía, pintando una yagua que encontró y que guardó para entretener a sus nietas. ¡Hay que reír! Lo pasan bien haciendo travesuras la niña-vieja y la niña-niña.

            ¿Y tu abuela? ¿En dónde está? ¿Cuánto hace que no la visitas? Las abuelas son un mar de risa que no podemos perdernos. No son cuidadoras obligadas. Son una virtud. Un privilegio.

P. D. Aunque estoy grande, Abuela aún me consiente con jengibre, café y pasteles.

lunes, 17 de abril de 2017

¡CORRE COMO NIÑA!



A todas las niñas que osan correr

Correr como niña significa correr lo más rápido que puedas hasta llegar a la meta. En nuestra sociedad hombres y mujeres usan la expresión “como niña” para referirse a debilidad. Sin embargo, están equivocados, los que usan ese lenguaje son los frágiles. Las personas que criamos niñas, tenemos que cambiar el discurso de la delicadeza y promover el de fortaleza. Hoy día debemos criar niñas valientes, no idealizadas. La perfección solo existe en la imperfección y eso se comprende con la madurez. 

Mi hija baila ballet desde pequeña, pero también practica juegos al aire libre y se pela las rodillas. Ella juega con muñecas y casitas, del mismo modo corre bicicleta y patineta. Juega a ser mamá con sus bebés y la cuna, además, a ser médica, artista, veterinaria, profesora. Le gusta ponerse trajes y  zapatos de taco, asimismo se engancha los pantalones y escala paredes. Algunas veces se maquilla y se pone accesorios, pero al rato se los quita y se ensucia la cara. Puede ser muy dulce y también muy ruda. 

Mi hija es todo eso y más porque la dejo ser, porque promuevo la espontaneidad y la libertad como derecho humano. Todo lo que ella hace, lo hace como niña porque es lo que es. Una niña que a veces siente miedos, pero tiene el potencial para superarlos. Una niña que llora cuando algo le aflige o duele. Una niña que ríe, canta y baila. Una niña que siente compasión y reconoce que hay esperanza. Una niña solidaria ante el dolor ajeno con una frase alentadora a flor de labios. Una niña que besa, abraza y ama. Una niña en descubrimiento de sí. Es el yin y el yang

La filósofa francesa, Simone De Beauvoir, en su clásico manifiesto El segundo sexo (1949),  debatió como los ideales freudianos ven a la mujer en contraposición al hombre, ocupando un espacio secundario. Escribió cómo viven las mujeres el hecho de ser seres oprimidos, que no pueden realizar su transcendencia, sino que están relegadas a vivir en la inmanencia. Explicó cómo la sociedad y la cultura moldean, desde su infancia hasta la vejez, a este ser que es la mujer, a través de la opresión para que llegue a ser lo que se le imposibilita ser. La filósofa recorrió todas las etapas de la vida de una mujer y reveló que, si educamos a las niñas en la subordinación; cuando sean mayores, tendrán bien aprendido ese papel, y cuando sean madres, continuarán transmitiéndolo a sus hijas. 
 
De modo que, tanto las madres como los padres que tenemos a nuestro cargo la crianza de una niña debemos promover el albedrío, el respeto y la tolerancia ante la diversidad. ¡Basta ya de sexismos y prejuicios! Fomentemos que nuestras niñas sean felices para que hagan cosas increíbles. Apoyemos su liderazgo para que sean capaces de asumir riesgos y salir airosas. Suscitemos la igualdad de género para que se respeten a sí mismas y a los demás. Impulsémoslas a hablar para que comuniquen lo que piensan y descubran el poder de la palabra. Provoquémoslas a ser reinas, capaces de gobernarse; no princesas de cuentos de hadas que esperan que un príncipe azul las recate. 

¡Qué nuestros gritos sean: corre, corre, corre! Corre como niña, lo más rápido que puedas hasta llegar a la meta. ¡Y así será!

P. D. Mi hija, de siete años, dice que ser valiente es no temerle a nada. Le respondo que ser valiente es rebasar los miedos. #SolteraconCompromiso #ComoNiña