lunes, 24 de julio de 2017

SIN MÁSCARAS



A las niñas

Creo que todas las madres y padres de este siglo nos hemos preguntado si es más fácil criar a un varón que a una niña. Esta interrogante ha sido tema de discusión en muchos paneles que  coinciden en que es más retante criar a una niña. Muchas madres de esta época aplazamos la maternidad hasta educarnos profesionalmente, tener un buen trabajo y alcanzar cierta estabilidad económica. Además, salimos a la calle a disputarnos hombro a hombro el espacio público que pertenecía a los hombres. Por estas razones, las mujeres que criamos hoy, esperamos más de nuestras hijas que lo que exigieron nuestros padres de nosotras. Ciertamente, no queremos presionarlas, pero entendemos que tienen un mundo de posibilidades que deben aprovechar al máximo.

Ahora bien, ¿por qué es más difícil criar a una niña? Lo es, no por lo que esperamos de ellas las madres, sino por las fuertes presiones sociales y mediáticas a las que nos enfrentamos hoy. Según Helen Wright, directora de la Asociación de Colegios de Niñas de Inglaterra y autora del libro “Tu hija: Una guía para criar niñas”, la sociedad espera que nuestras hijas no solo sean inteligentes y exitosas, que es lo mismo que se le ha exigido a los hombres siempre, sino también “lindas”. 



La tecnología y los medios influyen grandemente en la percepción de la realidad, lo que hace aún más difícil criar niñas hoy día. Concuerdo con Wright cuando dice que actualmente vivimos en la cultura de las celebridades, con un foco abrumador en la apariencia y la forma en la que supuestamente se debería vivir, de una manera que es irreal. El “bombardeo” mediático es tal, que nuestras niñas ya no quieren ser ellas, quieren parecerse a otras. Y este asunto en particular, me parece preocupante.

Creo que cada niña es bella en apariencia y esencia y que no deberían preocuparse por parecerse a alguien más. Constantemente, nuestras hijas están expuestas a mensajes implícitos o explícitos que acarrean el rechazo a su apariencia y la exaltación de un modelo equívoco. Digo equívoco, porque la belleza está en la diversidad. Y la exigencia social de que no solo sean inteligentes y exitosas, sino también “lindas”, no es más que una muestra, de lo que yo llamo, “quita y ponte la máscara”. 



El otro día me sentí indignada ante un video que mostraba como el rostro de una adolescente se transformaba totalmente a través del maquillaje. La chica tapó todas las supuestas imperfecciones que tenía, y cuando terminó de aplicarse el maquillaje, no se parecía a su rostro inicial. Era otra, era una máscara. Creo que mientras menos maquillaje y más naturalidad, mejor lucimos. Ese video me dolió porque entendí que el estereotipo de la belleza pretende borrar la autenticidad de cada niña, cada adolescente y cada mujer.

En este caso, nos corresponde guiar a nuestras hijas y fomentar su autoestima constantemente. Creo que parte de la forma en cómo criamos a nuestras niñas debe enfocarse en este particular, asunto que no atañe a los niños. Debemos proclamar, eres bella porque eres tú: alta o baja, con pelo rizo o lacio, blanca o negra, con ojos oscuros o claros, gorda o flaca, en fin… sin máscara.
Criemos niñas auténticas, libres, felices y de lo demás se encargarán ellas. 



LAS MUJERES, ¿ACARICIAMOS MÁS?



A Cocó
Yo creo que sí. Es fruto de la crianza patriarcal que educa a las mujeres para que sean afectivas y a los hombres, para que se muestren más parcos. Sin embargo, las caricias son una necesidad humana y la cantidad de caricias que recibamos en la infancia, puede determinar cuán pacíficos, empáticos, sanos y felices lleguemos a ser.

Cuando las mujeres nos convertimos en madres, solemos acunar, mecer, acariciar, besar y abrazar a nuestras crías, la mayor parte del tiempo. Hay estudios que muestran que infantes acogidos en orfanatos sobrepoblados, cuyos cuidados se suscriben a las necesidades básicas de alimentación y aseo, han muerto prematuramente. Las caricias, además de ser una forma de comunicación primaria que aporta seguridad y bienestar durante el primer año de vida, sirven para enviar señales que estimulan el cerebro y activan respuestas de crecimiento garantizando un desarrollo saludable. 



La sicología evidencia que la manifestación de afecto puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, la soledad y la alegría, la sensación de abandono o de compañía. Muchos seres humanos, en general, han disminuido el contacto físico, sin darse cuenta de que supone un mecanismo de comunicación emocional muy importante. La sicóloga Zubiri Oteiza, afirma que todos necesitamos la reafirmación del afecto a través de una caricia, y estoy de acuerdo con ella.

Hay que aclarar que las caricias pueden manifestarse de muchas formas. A través de un beso, un abrazo, un apretón de mano, o una palmada en el hombro. Así también, podemos acariciar con las palabras, por medio de un saludo amable, un halago, una frase alentadora. Además, acariciamos con la mirada, de la misma forma que podemos agredir con ella. 

Ahora bien, las caricias no pueden limitarse a la infancia. Científicamente se ha comprobado que esta necesidad de contacto sigue manteniéndose a lo largo de toda nuestra vida, ya que es la base del desarrollo emocional de nuestra personalidad, de nuestro equilibrio físico y psíquico. Seamos niños, adolescentes, adultos o ancianos, necesitamos de las caricias para sentirnos aceptados y queridos. 


Lamentablemente, hay culturas que han convertido las caricias  en tabú y  han llegado a controlar las formas de contacto físico, reduciéndolas a lo agresivo o a lo sexual. De ninguna forma, esa falta de afecto, es saludable para el ser humano. Aquí, en Puerto Rico, afortunadamente, nos gusta mucho manifestar afecto. Y las mujeres, acariciamos más. Si no estás convencido de mi afirmación, dedícate a observar parejas en un parque, familias de paseo, personas con mascotas, el entorno laborar y todos los lugares públicos donde cohabitamos. 

Las mujeres acariciamos más que los hombres. Pero las que criamos en este siglo, debemos comenzar a cambiar eso, fomentando la manifestación de afecto entre niños y niñas por igual. Y los hombres que también crían o comparten la crianza, deben romper con el paternalismo y acariciar mucho más. No hay nada más saludable que compartir el calor y escuchar el corazón que estrechamos. Lo digo yo que ando de luto, sin poder acariciar una vez más a la que fue mi compañera fiel por los últimos 8 años y medio. ¡Qué muchas caricias compartimos Cocó y yo! Ando coja de cariño, con caricias guardadas, en la espera de darlas. Así que por lo pronto, mi hija sufrirá una sobredosis de caricias.